Durante mi vida he escuchado muchas veces que lo que mueve a las personas es la envidia, el dinero, el estatus, la pertenencia, la comodidad o la seguridad. La verdad es que discrepo absolutamente. No siento que la vida se mueva por nada de eso, sino más bien por dos simples motivos: el dolor y el amor.
¿Por qué nadie se pregunta, o se ocupa, de ir a la raíz de sus preocupaciones? Donde algunas personas ven algo peligroso, acciones incuestionables que jamás harían, yo veo oportunidades de crecimiento. Donde algunas personas ven miedo, yo veo un profundo dolor. Es tan sencillo como observar el encogimiento y el aturdimiento que adquieren sus cuerpos a la hora de afrontar aquella situación.
A: Oye, frente a esto que te ocurre, ¿te das cuenta de la tensión en tus hombros, de la rigidez en tu mandíbula?
B: Es que tengo bruxismo…
Es difícil que las personas se pregunten ¿qué me pasa a mí con esto? cuando han vivido toda su vida impulsadas por el aturdimiento de no entrar en aquello que les pasa, y aún más difícil resulta esta exploración del ser cuando hay mil y una etiquetas médicas, remedios y causas de aquel supuesto síntoma que están viviendo.
Vamos, que si te duele la panza y el médico te ha dicho que te tomes un probiótico, jamás te plantearás que tu cuerpo te esté pidiendo un descanso hasta que el probiótico deje de funcionar y el problema sea recurrente.
Sin ánimos de menospreciar el recorrido de cada persona de este mundo, siento profundamente que la mayoría de personas desarrollan un modus vivendi esquivo, y en gran medida me incluyo en este sentir.
Si es difícil conocer a alguien que solo se comunica con onomatopeyas, imagínate lo complicado que será conocerte a ti mismo si cada vez que un estímulo que recibes como “negativo” toca la puerta de tu mundo interno, y en vez de atenderlo miras por la ventana como si no existiera, esperando eternamente que aquél estímulo se relaje o desaparezca por arte de magia.
Imagínate que tu casa se inunda y el fontanero llama a tu puerta. ¿Qué haces tú? Te pones a mirar por la ventana como si nadie te estuviera llamando. ¿A que es absurdo? Pues bien, puedes hacerlo, el fontanero se irá, y regresará cuando la inundación afecte a tus vecinos. Si vuelves a quedarte mirando por la ventana, se volverá a ir, para a la próxima volver con la policía, y en esta ocasión no llamarán a tu puerta, simplemente entrarán a poner orden a esa tubería rota que está afectando al resto de la comunidad.
Esa comunidad eres tú también. Cada piso, cada habitación, cada ventana es una representación de tus relaciones sociales, amistades, amores, familia, compañeros de deporte o trabajo, de tu relación con tu cuerpo, tu salud, tu descanso, tu nutrición… Si ignoras mucho tiempo aquello que te pasa terminarás notándolo en todos las salas y rincones de tu vida.
Desde bien pequeño siempre he sido un poco Momo, aquella persona en la que los demás buscaban un apoyo, el chico de las ralladas mentales, las reflexiones y los cuestionamientos constantes que provocaban ciertos cambios en el modus vivendi de aquellos que se acercaban a charlar conmigo.
Me ha ocurrido en múltiples ocasiones el haber hablado con alguien de algo, y unos años después encontrarme con esa persona y recibir de ella palabras de agradecimiento por aquel ratito que compartimos juntos, de escucha, de exploración y reflexión.
Esto lo digo por lo tremendamente curioso que me resulta la presencia de la impermanencia en mi vida, porque a pesar de ser un gran escuchador, soy un pésimo hacedor de vínculos duraderos. O al menos lo era. Siempre tuve el foco muy puesto en superar el dolor, en permitirme entrar en él y ser mejor después de cada golpe que recibía. Más fuerte, más duradero, más confiado, más conocedor de mis límites.
En los últimos años me he estado cuestionando mucho si dentro de esa entrega al dolor había algo de amor. ¿Qué es el amor? No me hace falta amor pensaba frecuentemente. Hasta que me di cuenta que jamás podría haber transitado tanto dolor sin un colchón de amor que me sustentara en mis noches de penurias. Después de sentir tanto dolor, de mí para mí, la única forma posible de seguir vivo era poniéndome una mano en el hombro, y reconociéndome el enorme esfuerzo hecho para poder concederme un descanso. Y eso es parte del amor que me tengo.
Actualmente estoy siendo consciente que mi mayor foco de crecimiento es lo que he evitado por muchos años: las personas. Hacer vínculos. Relacionarme. Integrarme. Pertenecer. ¿Yo perteneciendo a algo? Qué va, eso no es para mí… ¿O sí?
En el proceso de desarrollarme y crecer socialmente, me he dado cuenta de lo profundamente enamorado que he vivido hasta ahora de mí. Entiendo que el amor requiere de entrega, y eso me genera dudas. ¿Cómo voy a renunciar a mí por otra persona? ¿Cómo voy a ceder en mis entrenos, descansos o comidas por estar con otra persona? Eso suena sumamente esclavizante, es de lo que me he alejado toda mi vida, sin embargo es mi camino. ¿Qué me ocurre si dejo de huir?
Observando mi vida, mi entorno, las personas de las que me rodeo, veo que en todo el mundo se repite los mismo. La búsqueda del amor, o la evasión del dolor. ¿Para qué doler? ¿Para qué amar?
Las personas más ariscas, las personas más solitarias y austeras, se mueven en estos términos emocionales. Los cúmulos de gente les agobian, les generan una incomodidad que no pueden soportar (un dolor), por lo que prefieren aislarse, estar solas en su campo, en su casa, en aquél sitio que les hace sentir plenos (donde encuentran amor).
Varias de las personas más sociales que conozco, cuando conectamos íntimamente en una conversación sobre la vida, me dicen que se rodean de gente, aunque a veces no quieran, por el miedo y lo mal que se sienten estando solas. Muchas otras de estas personas ni siquiera son conscientes de la búsqueda constante de estímulos que habitan. Actúan en función de lo que les hace sentir bien, porque ¿para qué sentirse mal?
Todo el mundo busca paz y felicidad, y en la base de ese bienestar hay amor. Todo el mundo busca no sentir molestias, y en la base de esa incomodidad hay dolor.
Dudo que exista una respuesta, o una forma adecuada de vivir, de crecer, de relacionarse con el mundo. Sin embargo sí que sé que es importante encontrar un equilibrio, un balance que corresponde única y exclusivamente a uno mismo establecer los márgenes.
Gracias por leerme,
Hasta la próxima.